* cuentos y vivencias
INTERIORIDAD*

Dónde esta Dios Avivemos nuestra llama espiritualLas puertas de la vidaEl libro de Xalum - El centinela - ¿Donde esta la felicidad? - Silencio - ¿Hay alguien? - El leñador tenaz - La utilidad de los rumiantes - Iceberg- Fragments - Hablar demasiado -


interioridad ( + espiritualidad )

Dónde esta Dios
Gloria Fuertes
Procedencia: Colaborador/a


"Joven, a menudo te preguntarán: "¿Dónde esta Dios? ¿Se ve o no se ve? Chico, si te tienen que decir dónde esta Dios, Dios se va. De nada te servirá que te diga que Dios vive en tu voz. Que Dios esta en la flor, en el pájaro y en la llaga, en aquello que es feo, en lo que es triste, en el aire y en el agua; Dios esta en el mar y, a veces, en el templo. Dios esta en el dolor que no se va y en el viejo que pasa, en la madre que padece, en la mujer pública y en la mezquita blanca. Dios esta en la mina y en la plaza, es bien cierto que esta en todas partes, pero hay que verlo sin preguntar dónde esta, como si fuera un mineral o una planta.

Adéntrate en el silencio, mírate la cara... ¿no tienes suficiente con el misterio que ves y sientes? Pasa un niño cantado, tú lo aprecias... Dios esta. Lo tienes en la lengua cuando cantas, en la voz cuando no blasfemas y cuando preguntas dónde esta, esta curiosidad es Dios que corre por tu sangre. Esta en los ojos cuándo ríes, en las venas cuándo amas, en ti siempre, pero tienes que verlo tú mismo, no sirve que te lo digan... tienes que sentirlo tú como trepa, como araña, limpiando las paredes de tu alma. Pero Dios se aleja de quien reza y no ama, de quien va a misa y no enciende en los corazones de los pobres luces de esperanza; lo puedes encontrar en el suburbio a primera hora de la madrugada, en el hospital y en la cárcel.

Si te angustia este hombre que va en zapatillas, si te hace sospechar la vida de quien sube y no baja, si sin motivo una angustia se te clava en las entrañas, si te encuentras un día silbando de buena mañana y sonríes a todo el mundo y a todo el mundo das gracias, Dios esta contigo, bajo la camisa."

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interioridad ( + espiritualidad )

Avivemos nuestra llama espiritual
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Cuentan que un rey muy rico de la India tenía fama de ser indiferente a las riquezas materiales. Un súbdito quiso averiguar su secreto.
El rey le dijo: "Te lo revelaré, si recorres mi palacio para comprender la magnitud de mi riqueza. Pero lleva una vela encendida. Si se apaga, te decapitaré".
Al término del paseo, el rey le preguntó: "¿Qué piensas de mis riquezas?"
La persona respondió: "No vi nada. Sólo me preocupé de que la llama no se apagara".

El rey le dijo: "Ese es mi secreto. Estoy tan ocupado tratando de avivar mi llama interior, que no me interesa las riquezas de fuera".

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interioridad ( + reflexión )

Las puertas de la vida
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

No salgas de la infancia apresuradamente; luego querrás recuperar esos años

No entres a la adolescencia convencido de que dominaras al mundo; la vida te llevara por camino que todavía no sospechas

No salgas de la adolescencia desperdiciando tu juventud; la juventud pertenece a todos pero no es de nadie, ni en nadie queda

No entres en la madurez creyendo que has vencido todas las etapas y que el triunfo llegará mañana; la felicidad, único triunfo, se encuentra en disfrutar todas las etapas de un camino, no al final de la ruta

No recorras la madurez sin crear un tesoro del espíritu; los tesoros de la tierra no son herencia para tus hijos

No salgas de la madurez convencido que has triunfado; tu triunfo lo medirá el recuerdo que dejes

No salgas de la madurez creyendo haber sido derrotado; algo siempre se deja, por pequeño que sea

No entres a la vejez creyendo que el destino te ha sido adverso; has sido tú quien ha elaborado ese destino

No salgas de la vejez sin entregar tus consejos; otros infantes, otros adolescentes, otros maduros y otros mayores te han mirado y querrán imitarte

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interioridad ( + solidaridad )

El libro de Xalum
Francesc Bofill
Procedencia: Colaborador/a

Xalum pensaba:
- Me gustaría hacer un libro que contuviera todos los poemas, antiguos y modernos, que cantan la grandeza de Dios.
Noche y día esta idea le rondaba por la cabeza, desde la mañana hasta el anochecer. Xalum se decía que le haría falta mucho dinero y muchas jornadas de trabajo para publicar un libro tan extenso.
Y así fue como, año tras año, se dedicó a ahorrar todo lo que podía ganar. Sus amigos también le daban dinero, unos mucho, los demás algunas monedas. A todos se lo agradecía Xalum con el mismo afecto. Así, diez años después, había reunido suficiente dinero para empezar la edición.

Aquellos días unas grandes lluvias inundaron la ciudad donde vivía Xalum y mucha gente se encontró sin alimentos y sin casa. Xalum no lo pensó lo más mínimo y repartió entre la gente los fondos que había reunido. Y se puso a trabajar de lo lindo para recuperar lo que había dado.

Algunos años más tarde, una terrible epidemia asoló el país. Xalum otra vez repartió su dinero para ayudar a la gente. Por tercera vez empezó su trabajo.

Se había hecho viejo y se cansaba mucho, pero la esperanza de ver acabado su libro le daba fuerzas. Finalmente, al cabo de veinte años, pudo terminar la publicación de su libro. Todo el mundo alabó su trabajo y los sabios más notables del país hablaron en sus congresos.

Pero la gente de la ciudad, al hablar de Xalum a sus hijos, decían siempre:
- En realidad Xalum hizo tres libros y los dos primeros aún son mucho mejores que el tercero

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interioridad ( + ADVENT )

El centinela
Francesc Bofill
Procedencia: Colaborador/a

Cerca de la frontera de un país muy lejano se levantaba un pequeño castillo perdido en medio del desierto.
De vez en cuando se paraban las caravanas que venían del norte o algún visitante solitario se acogía por una noche. Pero la vida del castillo era muy monótona y pocas cosas había que hicieran un día diferente de los demás.

Una mañana llegó un mensaje del rey: "Estad a punto porque nos han hecho saber que Dios visitará nuestro país y quizás pasará por vuestro castillo. Sobre todo estad preparados para recibirlo". Las autoridades del castillo se dispusieron a cumplir las órdenes reales. Llamaron al centinela y le encomendaron que a partir de aquel día no perdiera de vista el desierto y en cuanto viera alguna señal de la venida de Dios se lo hiciera saber.

El centinela recibió el encargo con alegría; nunca le habían confiado una misión tan importante. En pie, en lo más alto de la torre, con los ojos bien abiertos, oteaba continuamente el horizonte en espera del más pequeño indicio.
- Cómo debe ser Dios -pensaba- Seguramente vendrá con un gran cortejo y lo distinguiré de lejos... o quizás aparecerá de golpe, acompañado por un poderoso ejército...

Ilusionado como estaba, no pensaba en nada más y se pasaba días y noches en lo alto de la torre. Trancurrió el tiempo y poco a poco todo el mundo fue olvidando el mensaje de Dios. Incluso el rey perdió el interés. En el castillo, los oficiales y los soldados se cansaron de esperar aquella visita y dejaron de hablar del tema.

Sólo el centinela se mantenía muy despierto esperando, esperando siempre, bajo el sol y la lluvia. Veía venir caravanas y ejércitos, pero ninguna de ellas era el cortejo de Dios. A veces, cansado de mirar, se preguntaba si todo aquello no era un engaño
- ¿Por qué tiene que venir Dios? Y, si viene, ¿pasará por este castillo tan poco importante? Y aún más, quién sabe si vendrá?
Pero la esperanza vencía siempre sus dudas y nuevamente volvía a contemplar incansablemente el horizonte... Pasaron los meses y los años. El centinela se hacía viejo y los ojos le empezaban a flaquear. A menudo debía sentarse porque las piernas no le sostenían. Uno tras otro, todos los soldados de la guarnició habían abandonado el castillo añorados de la ciudad. Y se había quedado solo.
Un día se levantó como siempre para mirar el desierto, pero se dio cuenta que casi no se podía mover. Se sentía cerca de la muerte y una gran amargura le embargó el alma.
- He estado toda la vida esperando la visita de Dios y ahora tendré que morir sin haberlo visto, exclamó dolorosamente.
Entonces oyó una voz a su lado:
- ¿No me conoces?
Sorprendido, el centinela se volvió y vio que Dios había llegado.
Lleno de alegría le dijo
- ¡Oh, ya estás aquí! Me has hecho esperar tanto... ¿por dónde has venido que no te he podido ver?
- Siempre he estado a tu lado, replicó Dios con dulzura, desde el día que decidiste esperarme. Siempre he estado aquí, a tu lado, dentro de tí. Te ha hecho falta largo tiempo para darte cuenta, pero ahora ya lo sabes. Este es el secreto: sólo quienes esperan pueden verme.
La voz calló y el centinela se sintió invadido por una inmensa felicidad. Se alzó lentamente y volvió a otear lentamente, amorosamente, la línea del horizonte.

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interioridad ( + espiritualidad )

¿Dónde está la felicidad?
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Al principio de los tiempos se reunieron varios demonios para hacer una travesura.
Uno propuso:
-Tendríamos que robar algo a los hombres. El problema es: ¿qué les robamos?.
Tras pensarlo mucho, uno dijo:
-¡Ya lo sé! Les robaremos la felicidad. Pero el problema está en dónde esconderla para que no la puedan recuperar....
Uno opinó:
- Podríamos esconderla en la cumbre de la montaña más alta.
Pero inmediatamente, otro replicó:
- No, recuerda que tienen fuerza. Alguna vez alguien puede subir y encontrarla. Si uno la encuentra, enseguida todos sabrán dónde está....
Inmediatamente otro propuso:
- Vamos a esconderla en el fondo del mar....
Pero acto seguido le replicaron:
- No, recuerda que son curiosos. Alguna vez alguien llegará a construir un aparato para poder bajar y la podrá encontrar....
Y todavía otro dijo.
- Escondámosla en un planeta bien alejado de la Tierra.
Y le respondieron todos:
- No, recuerda que son inteligentes, y cualquier día habrá alguien que construirá una nave que pueda viajar y descubrirla. Y entonces, todos tendrán la felicidad...
El último de ellos era un demonio que hasta aquel momento había estado callado escuchando atentamente cada una de las propuestas de los otros. Tras hacer un análisis de cada una, propuso:
- Creo saber dónde ponerla para que realmente nadie nunca la encuentre.
Los demás, sorprendidos, le dijeron a coro:
- ¿Dónde?.
El demonio respondió:
- La esconderemos dentro de ellos mismos. Estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán.
Todos reconocieron que tenía razón y estuvieron de acuerdo. Y, desde entonces, ha sido así: el hombre se pasa la vida buscando la felicidad por todas partes sin darse cuenta que la lleva escondida dentro de sí mismo.

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interioridad ( + contemplación )

Silencio
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Coaborador/a

Un hombre se acercó a un monje. Le preguntó:
- ¿Qué es lo que aprendes de ordinario en tu vida de silencio?
El monje estaba sacando agua de un pozo y dijo al visitante:
- Mira allá abajo, en el fondo del pozo. ¿Qué ves?
El hombre miró y no vio nada.
- No veo nada, -dijo.
Después de un tiempo en que el monje estuvo absolutamente quieto, el monje dijo de nuevo al visitante:
- Mira ahora. ¿Qué ves en el pozo?
El hombre obedeció y respondió:
- Ahora me veo a mí mismo: el agua es mi espejo.
El monje le dijo:
- Ves, cuando sumerjo el cubo, el agua se agita; ahora, en cambio, el agua está tranquila. Ésta es la experiencia del silencio: el hombre se ve a sí mismo.

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interioridad ( + fe )

Hay alguien...
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

Si sucede
de pronto
Que te sientes colgado...
En una cárcel...
O deprimido...
... ¿Qué puedes hacer?
¿Llorar?
Destrozarlo todo...
¿Parecer un monstruo...?
¿maltratarte?
¡¡¡No!!! Si alguna vez...
Te sientes triste...
te sientes culpable...
Con mucho miedo...
Porque te sientes inferior...
Intenta tener presente
Que hay alguien...
Que te valora...
Esplendoroso
Magnífico
Que siempre piensa en ti
Y te recuerda con cariño

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interioridad ( + espiritualidad )

El leñador tenaz
Jorge Bucay
Procedencia: Colaborador/a. Extraído del libro: Recuentos para Demián

Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún; así que un leñador se decidió a hacer buen papel.
El primer día se presentó al capataz, quien le dio un hacha y le designó una zona.
El hombre entusiasmado salió al bosque a talar. En un solo día cortó dieciocho árboles.
— Te felicito – dijo el capataz — sigue así.
Animado por las palabras del capataz, un leñador se decidió a mejorar su propio record; así que esa noche se acostó bien temprano.
Por la mañana se levantó antes que nadie y se fue al bosque.
A pesar de todo el empeño, no consiguió cortar más que quince árboles.
— Me debo haber cansado – pensó y decidió acostarse con la puesta del sol.
Al amanecer, se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad.
Al día siguiente fueron siete, luego cinco y el último día estuvo toda la tarde tratando de cortar su segundo árbol.
Inquieto por lo que pensaría del capataz, un leñador se acercó a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se esforzaba al límite de desfallecer.
El capataz le preguntó:
— ¿cuanto hace que no afilas tu hacha?
— ¿afilar? No he tenido tiempo de afilarla, he estado muy ocupado cortando árboles.

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interioridad ( + espiritualidad )

La utilidad de los rumiantes
Mamerto Menapace
Procedencia: Colaborador/a ( http://www.autorescatolicos.org )


Una vez, no hace tanto ni muy lejos, había un pueblecito solitario y perdido entre las ciudades de los hombres. Era un pueblecito chiquitín y sin importancia. No tenía emisora, ni diario, y por ello todos pensaban que esta gente del pueblecito no tenía nada que decir. En este pueblecito de campo todos hablaban bajito porque se habían acostumbrado a escuchar. De vez en cuando, sí, cantaban, silbaban o tarareaban; y tenían los ojos grandes, acostumbrados en ojear.

Era un pueblecito con niños desnutridos, de barriguita abultada y bracitos estrechos.

Un grupo de científicos vino una vez a visitar el pueblecito. Vinieron malgastando palabras y sonrisas, y hablaron en términos exactos e incomprensibles. Llenaron planas con nombres y preguntas, tubos de vidrio con muestras de sangre. La verdad es que la gente del pueblecito se sintió humillada y guardó silencio. Los científicos los conceptuaron como gente apocada y taciturna. Diagnosticaron descalcificación y avitaminosis. Mientras que los niños del pueblo hasta ahora sólo se habían dado cuenta de que tenían hambre. Los científicos elevaron un informe al ministerio. Si llegó hasta aquella orilla, no sé: porque era de papel.

Pero el Señor Dios amaba a este pueblecito. Y quiso ayudarlo. Por ello un buen día el Señor Dios mandó a este pueblecito tres cabritos y una vaca. Cuatro animalitos de ojos mansos y un balido adentro. Nada llevaban para el pueblecito; simplemente venían a quedarse. Una había nacido en una estancia, las otras en otros partos.

Al principio despertaron la curiosidad. Al pasar por las calles del pueblecito la gente los miraba. Como no venían en portar ni en buscar nada, pronto fueron admitidas en la vida del pueblecito. Los vieron mansos e indefensos y comenzaron a protegerlos; hasta comenzaron a hablarlos porque las vieron callados.

Por alimentarse hubo bastante con los pastos que crecían al lugar, y que ellas mismos salían a buscarse. Y la gente se regodeó verlos comer y alimentarse de lo mismo que había entre ellos. Y por ello, no sólo no los echaron del lugar sino que hasta llegaron a construirles un corral. Un corral para sus noches; porque de día les gustaba verlos por las calles, entrar en sus patios, participar en su misma geografía familiar. Hasta se hicieron amigos de sus perros, que ya no les ladraban al verlos llegar. Y ustedes saben que en el campo, sólo a las visitas amigas los perros no los ladran.

Y fue así como, con el tiempo, el pueblecito se dio cuenta del regalo que Dios les había hecho con ellos. Cada madrugada tenían con su vaso de leche para sus niños chicos, para sus ancianos enfermos, para sus madres que amamantaban.

Vaso de leche que no era una realidad traída de fuera. Pero que sin embargo hasta ahora nunca habían tenido. Eran sus propios pastos, su trébol familiar asumido y rumiado lento en sus horas de silencio y soledad, con sus ojos mirando hacia el cielo. Y los hombres del pueblecito se dieron cuenta de la importancia de este tiempo de rumia y de silencio que pasaban suyos animalitos. Y como por instinto comenzaron en respetar estos momentos.

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interioridad ( + espiritualidad )

Iceberg
Autor/a: Desconocido/a
Procedencia: Colaborador/a

¡Qué vida tan triste lleva el iceberg!

Resignado a flotar, es arrastrado por todas las corrientes.

Aunque parece duro, va deshaciéndose poco a poco.

Frío y cortante, hace difícil y peligrosa toda aproximación.

Cuando choca jamás se amolda ni se adapta, simplemente se rompe.

Aparenta mucho en la superficie, pero ignora su profundidad, que es tanta.

¡Qué triste, Señor, tanto iceberg a la deriva en el océano del mundo...!

 


interioridad ( + espiritualidad )

Fragmentos
Borges
P rocedencia: Colaborador/a


Desdichado el pobre de espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra.
No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz.
Resiste al mal, pero sin asombro y sin ira. A quien te hiere en la mejilla derecha, puedes volverle la otra, siempre que no te mueva el temor.
Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón.

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interioridad ( + autenticidad )

Hablar demasiado
Autor/a: Descnocido/a
Procedencia: Colaborador/a


Cierta mañana, mi padre me invito a dar un paseo por el bosque y acepte con placer. El se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:

- Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?

Agudicé mis oídos y algunos segundos después respondí:

- Estoy escuchando el ruido de una carroza.

- Eso es -dijo mi Padre-. Es una carroza vacía.

- ¿Cómo sabes que es una carroza vacía, si aún no la vemos?

- Es muy fácil saber cuando una carroza esta vacía, por causa del ruido. Cuanto mas vacía la carroza, mayor es el ruido que hace.

Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todo el mundo, inoportuna, presumiendo, de sentirse prepotente y haciendo menos a la gente, tengo la impresión de oír a voz de mi padre diciendo:

"Cuanto mas vacía la carroza, mayor es el ruido que hace"

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